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En 1971, un psiquiatra veneciano llamado Franco Basaglia llegó al hospital psiquiátrico San Giovanni de Trieste con una idea que sus colegas consideraban una locura: cerrar el manicomio. No reformarlo. No modernizarlo. Cerrarlo.

Lo que ocurrió en los nueve años siguientes cambió para siempre la forma en que Italia trata la enfermedad mental. Y casi nadie fuera de Italia lo sabe.

Lo que había dentro

Los hospitales psiquiátricos italianos de los años sesenta funcionaban bajo leyes de la época fascista. Al ingresar, los pacientes perdían automáticamente todos sus derechos. No podían votar, no podían firmar contratos, no podían decidir nada sobre su propia vida, aunque nunca hubieran cometido ningún delito. Los pacientes estaban atados a las camas. Las visitas de familiares eran restringidas. El objetivo no era curar, sino contener.

Basaglia entró en San Giovanni y tomó una decisión que escandalizó al sistema: devolvió a los pacientes sus derechos básicos. Les dio voz en las asambleas del hospital. Les permitió salir. Y los involucró en la gestión de su propia recuperación.

Para la sociedad de la época, ver a esos mismos pacientes, los que años antes estaban atados a sus camas, participar en las decisiones del hospital era algo difícil de aceptar. La enfermedad mental seguía siendo un tabú, algo de lo que no se hablaba y que se escondía.

El sistema que construyó

Basaglia no solo abrió puertas. Construyó una alternativa concreta: centros comunitarios distribuidos por la ciudad, equipos que visitaban a los pacientes en sus casas, cooperativas donde los enfermos podían trabajar y reintegrarse.

La idea era tan simple como revolucionaria: la enfermedad mental no se cura encerrando a las personas. Se trata estando cerca de ellas, devolviéndoles la dignidad y dejándoles participar en su propia recuperación.

En 1977, Basaglia convocó una rueda de prensa y anunció que el hospital San Giovanni había dejado, en la práctica, de funcionar como institución psiquiátrica. En agosto de 1980, nueve años después de su llegada, el manicomio de Trieste cerró definitivamente. Hoy, el antiguo hospital es un parque que alberga una escuela, parte de la universidad, servicios de salud, cooperativas y bares. Es un lugar tranquilo y hermoso, integrado en la ciudad.

La ley y su precio

El 13 de mayo de 1978, el parlamento italiano aprobó la Ley 180, la primera ley en el mundo que prohibía los manicomios y reconocía a las personas con enfermedades mentales los mismos derechos que cualquier otro ciudadano. Se aprobó con el apoyo de todos los partidos excepto los neofascistas.

Basaglia no llegó a ver su implementación completa. Murió en agosto de 1980, con 56 años, de un tumor cerebral. La ley que llevaba su nombre tardó casi veinte años más en aplicarse por completo en todo el país.

Lo que el mundo hizo con ello

Cuarenta y cinco años después, Italia sigue siendo el único país del mundo donde los manicomios están prohibidos por ley. Y los números respaldan la decisión: Italia tiene menos camas psiquiátricas por habitante que Reino Unido o Estados Unidos, y mejores resultados en la vida de sus pacientes.

El modelo de Trieste fue reconocido por la OMS como referencia mundial. Delegaciones de decenas de países visitaron la ciudad para estudiarlo. Y sin embargo, casi ningún país lo replicó de forma sistemática.

La historia de Basaglia es sorprendentemente desconocida, incluso en la propia Italia. Quizás porque lo que hizo en Trieste no era solo reformar un hospital. Era pedirle a toda una sociedad que cambiara la forma de mirar a las personas más vulnerables. Y eso, ninguna ley lo puede imponer.

Lo que Trieste sigue siendo

Más de cuatro décadas después, Trieste sigue siendo el ejemplo más duradero del mundo de que la salud mental se puede tratar de otra manera. Sus resultados —menos ingresos, menos recaídas, mejor calidad de vida— siguen estando entre los mejores de Europa.

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